Una gran historia de vida!

“A mí lo que me da el básquet es libertad. Una toca fondo como cualquier persona, no me fue fácil. Va por las ganas de vivir que uno tenga”, confesó Patricia.

Sus ojos celestes fueron cegados hace 24 años por un desconocido cuando se los roció impunemente con ácido. A pesar de ello, su espíritu y fuerza de voluntad para superar las adversidades quedaron intactas.
Así se vislumbra a través de la constante sonrisa de Patricia Mariezcurrena, quien reparte su tiempo entre la crianza de su hijo de 18 años y su afición al básquet adaptado y al torball, un deporte para ciegos o con deficiencias visuales.
En 1988 se desempeñaba como supervisora en el Hogar Obrero -que estaba ubicado en Bahía Blanca y Ruta 22- y, tras aproximarse una auditoría, les envió unos informes de faltantes a sus superiores inmediatos. Posteriormente a ese hecho, cuando se retiraba a su casa luego de una jornada laboral, un hombre le arrojó ácido en la cara provocándole de ahí en más una ceguera permanente.
“Me quedé ciega por decir la verdad, por ir de frente y destapar cosas que no se debían hacer. Fue de repente. Nunca pude saber si era la gente que yo había denunciado porque el identikit que hizo el peritaje nunca lo pude ver”, recordó Patricia.
Se quedó sin indemnización ni obra social a pesar de que el ataque fue dentro de la media hora de su salida laboral.
Estuvo tres años internada en la ciudad de Buenos Aires donde le realizaron un trasplante de córnea traída especialmente de Estados Unidos, aunque fue en vano porque no pudo recobrar la visión.
“De las siete capas que componen el ojo, el ácido me comió cuatro. Como seguía avanzando, me extrajeron el ojo izquierdo y realizaron una especie de pared para que no continuara perforando hacia el cerebro”, describió.
En la Fundación Susuki le hicieron una serie de pruebas y a partir de ese momento le recomendaron que a su buena orientación le sume el uso de bastón. “La primera reacción de toda persona ciega es agarrar el bastón, o no tomarlo, y tirarlo”, comentó.
A su regreso a Neuquén, el abogado René Vásquez le enseñó a dar sus primeros pasos con el bastón. Le indicaba que camine a 15 centímetros de la pared, con la cabeza erguida y el bastón cruzado.
“Caminé por la vereda de la calle Ministro González, entre Córdoba y Santa Fe, y de ahí tomé coraje y me fui caminado sola hasta mi casa, por entonces vivía sobre la calle Richieri”, comentó Patricia.

Desafíos
Antes de abocarse al básquet competía en lanzamiento de disco y bala a nivel nacional, y trajo los primeros puestos a la provincia.
Pero la vida la puso a prueba una vez más. En el año 2007 tuvo un accidente cerebrovascular y el médico le recomendó que dejase de practicar deportes porque era sumamente riesgoso. Un año y medio después retomó de a poco.
El básquet es adaptado con una pelota sonora. Recién el miércoles pasado le dieron un espacio en la cancha del club del barrio Progreso, pero el aro no está adaptado, por lo que necesita que alguien lo golpee para centrarla.
Es la única mujer que se dedica al torball y la única patagónica que juega al básquet. “A mí lo que me da el básquet es libertad. Una toca fondo como cualquier persona, no me fue fácil. Va por las ganas de vivir que uno tenga. La peleé y la sigo peleando. Tengo un hijo al que crié sola, es excelente, es abanderado desde Jardín de Infantes. Son mis ojos”, aclaró.
Patricia confesó que quiere “abrir un camino para los que vienen detrás, para que no tengan los obstáculos que tuvimos nosotros. Pienso que se tiene que dar un cambio”. Y señaló que la ayuda hacia los discapacitados es prácticamente exigua. Comentó que el profesor de torball no percibe ingreso alguno a pesar de que de las cuatro competencias nacionales, trajeron tres campeonatos y un subcampeonato a la provincia.
“Tengo mis altibajos, pero en los encuentros deportivos me doy cuenta que mi problema es ínfimo. En el último me lloré todo. Un integrante de la delegación uruguaya me obsequió su bastón. ¿Sabés lo que es que te regalen un bastón? Son sus ojos”, se emociona al recordar ese momento. Y agrega, siempre con una sonrisa en los labios, que “recomendaría a la gente que está en una situación similar que no se quede. Si a mí no me quitaron las ganas de vivir después de la pérdida de la visión, ahora no me van a voltear más”.

Fuente: http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2011/10/3/fortaleza-ante-la-adversidad_122811

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