Pasó cuatro horas experimentando dificultades de discapacitados visuales.

“Tú me preguntas cómo es la vida sin poder ver nada en todo un día y yo te pregunto lo mismo: ¿Cómo es la vida cuando puedes verlo todo siempre?”.

Así fue mi charla con Rodolfo Chodil (28) cuando tomé contacto con él la primera vez.

Rodolfo es no vidente desde su nacimiento y, tal como me lo explicó, ya está completamente acostumbrado a su vida en negro y los grandes pasos que conlleva para un ciego salir a la calle.

Sin embargo, como en el diario pop nos ponemos en el pellejo de los demás, me propuse plantearle un desafío que le hiciera romper con su independencia ganada a lo largo de estos años.

Por medio día, Rodolfo se transformó en los ojos de este reportero y yo vendé los mios y tomé el bastón para sumergirme en lo más profundo de la realidad de los no videntes en Chile.

“La verdad es que cuando yo estoy sin el bastón me siento un poco desprotegido, porque no tengo la sensibilidad por donde voy caminando”, me dice Rodolfo momentos antes de comenzar nuestra travesía.

¿El resultado? No tantas caídas contra el pavimento como pensé, pero sí uno que otro choque con alguna persona en el centro de Santiago.

Escogimos este lugar porque, según Rodolfo, es el más acomodado para el tránsito de los no videntes.

Semáforos con sonido que ayudan a detectar el paso de luz verde a roja y señales en el pavimento que ayudan a que el tránsito sea más expedito, son algunas de las ventajas del lugar.

“La mayoría funciona a medias o no funcionan, pero de todas formas el tránsito se hace expedito”, cuenta Rodolfo.

El oscuro desafío comenzó en pleno Paseo Ahumada con la Alameda. El final del recorrido era el Mercado Central, donde después de tanto ir y venir terminamos almorzando.

Yo pensé que sería fácil, porque nada más tenía que caminar derecho y saber en que momento detenerme.

Sin embargo, cuando uno se venda los ojos y pasa más de un minuto en esta posición, te baja un miedo a no tener la más remota idea de qué es lo que tienes adelante.

Una cantidad de sonidos interminables comienzan a invadir tu cabeza y te alertan de peligros que muchas veces no existen o son menor a lo que uno espera. No es como jugar a la gallina ciega.

“Los que quedan ciegos después de haber nacido, sufren más con el salir a la calle, pero uno que nunca ha visto, ya determina qué seguir y qué no”, me explica Rodolfo cuando me ve muerto de susto intentando bajar las escaleras en una estación del Metro.

Choqué con una farmacia, me tropecé con unos topes y tuve que preguntar en varios kioscos las calles donde me encontraba, porque el Fito desempeñó al callo su papel e hizo valer el dicho que dice “los mirones son de palo”.

Me demoré una hora caminando un trayecto que en el peor de los casos demoro unos 15 minutos.

Llegué al Mercado con el manso buche y unas ganas de comerme un rico pescado, pero me fue imposible, porque al tratar de buscar un lugar en el recinto, me di más vueltas que un hámster en su jaula y me fue imposible sentarme. Rodolfo me cortó la inspiración, porque tenía que volver a su casa.

“Al principio es lo más complicado, porque le haces caso a todo lo que sientes, pero con el tiempo, pierdes el miedo y vas acostumbrándote”, me dice Rodolfo antes de entrar a su casa.

MUCHA GENTE SE HIZO LA LESA PARA NO DAR UNA MANITO

Para Rodolfo, las calles del Paseo Ahumada presentan una gran dificultad al momento de ser cruzadas.

“Como son todas paseos, no se logra sentir la diferencia entre la vereda y la calle, por lo que debes estar siempre atento”, me dijo un poco antes de llegar a nuestro primer semáforo, ubicado en Moneda con Ahumada.

Con los ojos vendados, el ruido de los autos se siente muy cerca y por más que uno trate de guiarse por los sonidos, es imposible porque la contaminación acústica es gigante.

Empieza a sonar el pito que indica a los ciegos que pueden cruzar y yo comienzo lentamente mi paso.

Al caminar, mi bastón choca varias veces con los pies de las personas. Trato de gritar para que alguien nos ayude a cruzar la calle, pero varias pasan de largo.

“Va a chocar con un auto, mijo”, me dice uno de los peatones, pero ya era tarde. Me topé de frente con un auto y si bien no me caí, retrasé la partida de los autos.

El hombre de la advertencia nos dejó al otro lado de la acera para que lográramos nuestro cometido, porque después del tropezón fue imposible seguir caminando.

“Uno casi siempre debe pedir ayuda al momento de cruzar una calle, porque si no te pueden atropellar. En el centro son muchas las personas”, me dice Rodolfo, mucho más calmado que yo, que soy un atado de nervios.

En total, fueron ocho los semáforos que tuve que cruzar para llegar al final del recorrido. Sólo algunos tenían habilitado el pito que sirve para que los ciegos puedan ubicarse y terminar su recorrido de forma tranquila.

“En Chile hemos dado un paso en las modificaciones para los no videntes, pero todavía nos queda mucho camino por recorrer”, dice Rodolfo.

“YO PUEDO SENTIR CUANDO UN OBJETO ESTÁ CERCA MÍO”

Una de las cosas que más me impresionó de Rodolfo es que mientras íbamos recorriendo el centro de Santiago, él podía intuir perfectamente cuándo un objeto iba a impactar contra mi cuerpo.

“Yo puedo sentir cuándo un objeto está cerca mío”, dice Rodolfo, que intenta explicarme su concepto.

Dice que él siente algo así como el “aire” de algún objeto cuando éste se aproxima hacia él.

No era anormal que durante esta odisea yo escuchara frases como “cuidado con la mesa” o “vas a chocar con el auto”, y yo no podía entender cómo pasaba.

“Siento el calor de tu mano. Por ejemplo, si me pones tu brazo atrás de la cabeza, puedo sentirla”, dice Rodolfo.

Choqué contra cinco objetos y mientras estaba en el Mercado Central caminé mucho rato en círculo.

Era tal la habilidad para predecir la colisión que en un momento dudé si él era realmente ciego.

“Yo ya estoy acostumbrado, he chocado tantas veces que ya conozco todas las superficies posibles”, me dice tras pararme de una caída.

CALLES SE MULTIPLICAN EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO

Nueve cuadras que se ven papitas, pero que sin visión se multiplican en tiempo y espacio.

En Chile el número de no videntes llega a 300 mil. Semáforos habilitados en mal estado, señaléticas defectuosas y otras insuficiencias del terreno hacen del caminar de un ciego por el centro una proeza de tamaño mayor.

“Estamos trabajando para construir un país que viva las diferencias, donde personas con discapacidad accedan a educación de calidad, a rehabilitación y sobre todo a una ciudad que cuente con acceso universal”, señaló María Rivas, directora de Cenadis.

Fuente: http://www.lacuarta.cl/noticias/cronica/2011/10/63-115218-9-reportero-pop-no-vio-una-como-ciego-en-ingrata-capital.shtml

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